21 de diciembre de 2016

Las fiestas de fin de año

Diciembre. Calor y despedidas. Fin de cursos y vacaciones…y las fiestas de fin de año.
Nuestra cultura occidental y cristiana celebra inexorablemente el nacimiento de Jesús: la Navidad. Cuando el estado se hizo laico a manos de José Batlle y Ordóñez,  todas las fiestas religiosas cambiaron de nombre. El 25 de diciembre pasó a ser el “Día de la Familia”
Nuestro paisito, experto en adoptar tradiciones ajenas, festeja la Navidad adornando  un árbol que no es nuestro: una conífera cualquiera –pino, abeto, alerce- propia del norte de Canadá, o de la taiga siberiana, al pie dela cual se depositan los paquetes de regalos que serán abiertos en la noche del 24.
Como tampoco tenemos nieve  en ninguna época del año, y menos en diciembre, le agregamos al pino, nieve artificial. Comemos alimentos típicos como nueces, almendras y avellanas, que tampoco son nuestros, y que son ideales para las zonas donde hace mucho frío.
Santa Claus, en nuestras latitudes se llama “Papá Noel”. Es un anciano que viene vestido como los habitantes de Laponia en un trineo tirado por renos como lo hacen en esa zona del mundo.
De dónde surge todo eso?
De los inmigrantes europeos, principalmente españoles.
Católicos o no, todos los uruguayos festejamos la noche del 24 de diciembre, en una celebración que tiene la particularidad de reunir a todos los miembros de la familia. La necesidad de estar cerca, de arrimarse a quienes comparten vínculos de sangre es una forma muy nuestra de celebrar la Nochebuena.
La Navidad es el paraíso de los niños, hecho de turrón, regalos y alegría.
Desde que se “arma el arbolito” y se escribe la carta, comienza a alimentarse la ilusión de la muñeca, la bicicleta o la piscina
Hace unos cien años, hacia 1920, una empresa de refrescos mundialmente conocida, capitalizó todo ese cúmulo de emociones positivas, para su propaganda. Papá Noel comenzó a ser dibujado para la empresa, con un rostro adusto y serio.
En 1931, se le encomienda la tarea  al dibujante HaddonSundblom. El objetivo era crear un personaje a medio camino entre lo simbólico y lo real, la personificación del espíritu navideño y la felicidad del refresco.Desde entonces, Papá Noel comenzó a mostrarse riéndose con un “ho, ho, ho…” y una botella de Coca Cola en la mano. Los villancicos nuestros incluyeron en su repertorio al  conocido “Jingle bells” de origen norteamericano, y a partir de ahí la versión comercial de Papá Noel desplazó al niño Jesús del rol protagónico.
La Navidad se festeja en todo el mundo con variantes regionales. La versión nuestra incluye una gran dosis de consumismo en los días previos, una explosión de pirotecnia hacia la medianoche,  la ingesta de alcohol en demasía y –desde hace algunos años- la concurrencia a locales bailables donde se congregan sobre todo los adolescentes, después de cenar con sus familias.
La Navidad es el paraíso de los niños…
Y por eso es el paraíso perdido de los adultos. En el escándalo de los fuegos artificiales,  nos abrazamos con los vecinos, con los amigos, con los conocidos y los desconocidos…, brindamos en exceso con música estridente de fondo…porque es un momento muy ambivalente: una noche en la que se soporta todo menos la soledad, y en la cual las sillas vacías de los seres queridos que se han ido, nos pesan tremendamente.
“Feliz Navidad!” repetimos como un imperativo.
Tal vez estemos tratando de decir: en esta noche de balance que nos encuentra un año más viejos y con más canas, no veamos sólo lo que hemos perdido, y aprendamos que la felicidad no depende de lo que nos pasa por fuera, no depende de lo que tenemos o lo que perdemos; la felicidad es solamente una cuestión de actitud: de sonreirle a la vida a pesar de los pesares, con sus regalos y sus maldades, y que está mucho más cerca de quien da, que de quien sólo espera  recibir.


30 de noviembre de 2016

¿Se han perdido los valores?... ¿qué valores?


Es una frase de esta posmodernidad tercermundista, que se sigue repitiendo como una letanía pesimista y que ya, hasta se ha devaluado por el abuso:
“Se han perdido los valores”.
Como si lo mejor de nuestras tradiciones, de nuestro patrimonio cultural e ideológico estuviera en riesgo de desaparecer.
“Se han perdido los valores”
¿Qué valores?
¿Cuáles son esos valores que están en riesgo y que debemos preservar?
Vienen a nuestra mente palabras como: democracia, respeto por la opinión ajena, tolerancia por las diferencias, solidaridad, compañerismo, cooperación,… y muchas otros más.
El respeto por el prójimo es considerado –sin duda- un valor en nuestra cultura.
Pero… ¿hablamos de respeto a los demás seres humanos en tanto seres humanos?
¿Hasta dónde somos capaces de tolerar las diferencias raciales, culturales y de todo tipo?
Dice Rafael Bisquerra en su libro sobre investigación educativa, que la palabra “etnografía” proviene del griego “etnoy”, cuyo significado es: “los otros”. Dicha disciplina –la etnografía-surge cuando los “otros” -los marginados, los “sin voz”, los analfabetos, sirvientes y personajes del sub-mundo- comienzan a cobrar un lugar en la literatura como protagonistas de novelas y obras musicales. “El Barbero de Sevilla” estrenada en los albores del Siglo XX, se señala como un hito significativo en  este sentido.
Tal vez haya sido el resultado de que empezaron a ser vistos como seres humanos, tan humanos como los pertenecientes a la cultura dominante. Posteriormente, la Antropología Cultural comienza a dirigir su mirada y sus investigaciones sobre las comunidades no occidentales, pequeños grupos tribales de las islas del Pacífico y del continente africano.
“Los otros” comienzan a tener un lugar en el imaginario colectivo.

Cuando hablamos de que se han perdido los valores, generalmente, tenemos in mente la idea de respeto. De un respeto hacia los mayores, hacia los padres, hacia los gobernantes, la Patria y la bandera. Un respeto unilateral, vertical y ascendente.
Cabe preguntarse: respeto o miedo?
Este respeto tiene como contracara la noción de poder y de violencia ejercida como algo natural, en sentido contrario: desde arriba hacia abajo. El Jefe le grita al empleado y este a sus hijos.
Y eso –afortunadamente- es lo que está en crisis.
Quizá el primer paso sea descentrar la noción de respeto tradicional, vertical y ascendente, según la cual el niño debe respetar a sus mayores y estos a sus jefes y superiores jerárquicos. Este respeto deberá ser reemplazado por otro que se verifique en una dimensión horizontal, y que se extienda a todos, porque todos nos lo merecemos en tanto seres humanos
Pero para eso será necesario que el niño perciba que sus padres realmente respetan tanto al Director de la Escuela como a la persona que la limpia, que cada niño sienta que él es respetado tanto como lo es su padre…
Sólo así estaremos empezando a educar en valores, ofreciendo a los niños una perspectiva diferente o una opción alternativa al abuso que muchas veces sufre en carne propia solo por ser “chico”.

También se dice que la familia está en crisis. Cosa que es cierta. Es la familia tradicional, la familia Simpson la que está en crisis: con madre y padre conviviendo a pesar de sus profundas diferencias. La familia Simpson evidencia la permisividad que tiene la sociedad con una figura masculina cuasi infantil, irresponsable, que bebe cerveza todo el día mientras la madre es quien desempeña todos los roles, incluso el de un padre ausente como referente ético para sus hijos.
No es más que una caricatura muy exagerada de la realidad. No todos los padres de ayer fueron Homero, sin duda alguna. La familia en crisis es la de la mujer-madre que trabajaba sin remuneración y sin horario, haciendo las tareas que nadie quiere hacer, (limpiar lo que todos ensucian, ordenar lo que todos desordenan), y la del hombre-padre que trabajaba y proporcionaba el sustento a la familia, lo cual le otorgaba autoridad y ciertos derechos que la mujer no tenía.

Los valores se internalizan a edad temprana, pues subyacen a las pautas de relacionamiento entre los integrantes de un grupo. Son el sustento del vínculo.
Y el niño será lo que haya vivido: solo quien fue respetado podrá respetar a los demás.
La educación en valores, solo puede realizarse si invertimos los términos de la ecuación: educar en valores no es exigir respeto sino darlo.
¿Por qué debemos ser tolerantes o solidarios?
Simplemente porque nos gusta que los demás sean tolerantes y respetuosos con nosotros.
Y –aún sin saberlo- el niño aprenderá aquella vieja fórmula kantiana que nos obliga a plantearnos “¿qué pasaría si todos hicieran lo mismo que yo?” Si yo miento deberé esperar que me mientan, si yo robo deberé esperar que hagan lo mismo conmigo; por lo tanto, porque no queremos que abusen de nosotros, porque no queremos que nos maltraten, deberemos darle a los demás el trato que queremos recibir.


14 de noviembre de 2016

La violencia nuestra de cada día

La práctica del deporte grupal ha sido concebida como una escuela de valores. Los niños que lo practican se supone que aprenderán a perder sin enojarse, y a ganar en buena ley sin hacer trampas; aprenderán a reconocer cuando el adversario jugó mejor…(y a felicitarlo!!). Serán capaces de reconocer los propios errores y  trabajar sobre ellos para superarse, y de no jactarse ni “sobrarse” frente al que cayó vencido. También se supone que aprenderán a trabajar en equipo con humildad y sin buscar el lucimiento personal.
Todo esto es acaso lo que vemos en las canchas de fútbol?
Entre este compendio de valores morales que conlleva la práctica del deporte y los carteles que dicen “bolso gallina” o “manya puto los vamos a matar a todos” hay un eslabón perdido, una metamorfosis inexplicable.
Las barras que alientan a los equipos se componen de personas movidas por algo totalmente irracional: el hinchismo. Ser de tal o cual cuadro es una opción temprana que otorga sentido de pertenencia a un grupo, y por ende, confiere seguridad al individuo. Esa pertenencia tiene que ver con la propia identidad, y es muy difícil que se cambie a lo largo de la vida. Hay un proceso de identificación muy fuerte entre el individuo y el colectivo elegido.  Muy similar a la pertenencia a una banda, a una pandilla, a una “tribu urbana”.
La  existencia de cada una de las temibles “maras” en Centroamérica  sólo cobra sentido, cuando existen otras con las cuales rivalizar. Es la rivalidad lo que les otorga su razón de ser. Viven en una constante guerra a sangre y fuego por la supremacía, por el poder, por el dominio y el control del territorio. Las armas, la droga y el dinero que circulan en su interior,  son factores que se agregan para reforzar el poderío de cada grupo.
Y la violencia está ahí,  latente, siempre pronta a estallar. 
Habría que eliminar el fútbol?  Sin duda que no. 
El fútbol –como la ciencia- no es ni bueno ni malo. Todo depende de cómo se lo viva: si como un deporte con componentes de competencia, o como la pertenencia a un clan cuya razón de ser es destruir al adversario.
La violencia es hija del miedo; y el grupo, el clan, la tribu, otorgan protección y amparo.
El ser humano gusta en llamarse “animal racional”…pero vemos que tiene poco de racional y mucho de afectivo, instintivo y pasional…mucho más de lo que nos gusta reconocer.
Hay muchísimo más de irracional que de racional en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas. En el origen de las divisas nacionales, hacia los años 30 del siglo XIX, fueron bandos nucleados en torno a caudillos enemigos los que dieron origen a los partidos políticos fundacionales. En aquella época también se degollaba, casi sin motivos. La “tierra purpúrea” no fue un mito. Fue parte de nuestros orígenes violentos e irracionales.
José Pedro Varela, pensaba que las temibles y sangrientas “montoneras gauchas” eran  “los males de la ignorancia”, y apostaba a que llevando la educación “como la luz del sol” a todos los rincones del país, se terminaría con ese problema. No fue tan fácil ni tan lineal. 
El analfabetismo fue erradicado casi al cien por ciento, pero la violencia no.
No todos los hombres responsables de las dieciocho mujeres asesinadas en lo que va de 2016  a manos de sus parejas o ex parejas, son analfabetos; los protagonistas de los recientes asesinatos de Santa Lucía, tampoco lo son.
La educación no necesariamente nos hace más razonables y menos violentos. No es un problema de ignorancia. La Guerra del Golfo costó la vida de 500 mil niños –denunciado por Unicef- que murieron a causa de los bombardeos de EEUU e Inglaterra, dos de los países más poderosos y evolucionados del mundo.
Y la carrera armamentista fue el factor que impulsó la investigación en el campo de la Física, responsable del avance exponencial que tuvo esta disciplina  en el Siglo XX.
No es por falta de educación sino por exceso de miedo.El miedo genera conductas primitivas, violentas…cuantos más asesinatos hay, más armas compra la gente para sentirse segura.
La violencia también tiene otro origen: la frustración. El niño pequeño, cuando no recibe lo que espera o quiere, hace un berrinche. La capacidad de ir tolerando frustraciones es un proceso que acompasa a la maduración del individuo, pero a veces la frustración es tanta que no es posible asimilarla, o la maduración emocional, por algún motivo, no ocurre como debiera.
Dice Erich Fromm que el hombre contemporáneo, es “un lactante, eternamente expectante y eternamente frustrado”, pues todo el consumo del mundo no le alcanza para llenar el hueco de la falta de afectos, de vínculos, de relación auténtica con sus iguales, al tiempo que advierte que  la humanidad se salva con el amor y el trabajo creativo, reforzando los vínculos con sus iguales y dedicando su vida a crear, a producir, aplicando sus energías mentales y físicas en tareas placenteras, gratificantes y no monótonas como la del  operario que solo debe echar a andar una cinta transportadora y mirar cómo pasan las botellas o las cajas frente a sus ojos.
“Hagamos el amor y no la guerra”, decían los hippies en los años 60, mientras los hombres de corbata corrían a las oficinas tratando de ganar un ascenso en su trabajo, compitiendo con todos sus iguales por un puesto mejor. La sociedad occidental capitalista es intrínsecamente competitiva e inhumana. El 1% de la población acapara obscenamente, la riqueza del planeta, mientras millones mueren de hambre.
No es casualidad que el himno de todos los movimientos pacifistas,  aquella canción que comienza diciendo “Imagine…all the people…living for today…”, haya sido creada por un ser humano que dedicó su vida sólo  a hacer música, a componer canciones y a crear en libertad.


6 de noviembre de 2016

2008: Florida Online y el Plan Ceibal. Una historia real.

En marzo de 2008, la Escuela Artigas de Florida inauguraba el Plan Ceibal. Los niños de 6°, mis alumnos de entonces, nos daban clases a las pobres maestras cuasi analfabetas en lenguaje logo, sobre cómo manejar las ceibalitas. Ellos sabían todo: cómo hacer en Linux lo que sabíamos hacer en Windows, cómo acceder a Internet, cómo recuperar la conexión cuando se perdía…y hasta sabían entrar a las redes sociales, que en aquella época se llamaban “Fotolog“ y “Metroflog”, jugar a escondidas y comunicarse entre ellos, sin que pudiéramos darles la captura a tiempo.
MarcPrenski, escribió varios libros sobre todo esto, sobre la facilidad con que los más jóvenes resuelven los dramas informáticos de los adultos. Le llamó a los niños “nativos digitales” y a los adultos “inmigrantes”. En aquel momento se decía – y con toda razón- que nunca lo haríamos como ellos, pues no tendríamos  su fluidez y su comprensión profunda del mundo 2.0.
Y como es de sabios reconocer la ignorancia, tuvimos que dejar que ellos nos enseñaran a nosotros, invirtiendo los roles en la pareja educando-educador.
La computadora en clase era  un valioso recurso, que todavía no sabíamos muy bien cómo usar. Hoy existe una infraestructura de apoyo a los docentes, que en aquel momento no teníamos. Y había que inventar.
Y así fuimos a parar a Florida Online.
Diariamente ingresábamos a la página –en clase- y leíamos todo tipo de cosas de interés, dejando que ellos exploraran, encontraran y comentaran, para luego compartir y socializar la información. Incluso ya venían sabiendo lo que íbamos a encontrar ese día, y anticipando cosas de interés.
Recuerdo cuánto nos reímos con un  cuento de Marciano Durán dedicado a  una  excursión a San Cono en la que quedó enredado en un sutién rojo!
También  había una sección dedicada a recordar lo acontecido en el día de la fecha, pero en diferentes años. Larguísima conversación con aquellos filósofos de 11 años, tuvimos cuando leímos sobre la “señal wow” registrada por el radiotelescopio Big Air, única prueba de la existencia de vida extraterrestre.
Y un día descubrimos que la página nos llevaba a la dirección web de los principales medios de prensa del país. Y ahí se nos abrió el mundo.
Los chiquilines leían diarios, seleccionaban las noticias. Me acuerdo de los avatares de la tortuga Jorge, que en aquel momento estaba seriamente enferma en las islas Galápagos. Y de allí fuimos a ver imágenes paradisíacas de la misma. La geografía y la historia se hacían placenteras en la maravilla de las páginas web.
Pero lo más cómico ocurrió el día en que entramos al plano de la ciudad que había en “Florida On line”. Era un hipervínculo que conducía a Google Earth, y que permitía ver tanto el plano como la foto satelital de la ciudad.
Después de revisar la foto, la consigna fue que cada uno debía ubicar el techo de su propia casa…
Todos fascinados!
La única persona en el salón de clase, que no pudo encontrar la suya, fui yo.
Howard Gardner fue un genio cuando descubrió el tema de  las inteligencias múltiples. Y explicó que la inteligencia conceptual y lógica, ampliamente valorada en la escuela, no es la única por cierto. Sino que existen muchas más. Una estrella del fútbol posee inteligencia kinestésica, y un cantante, inteligencia musical.
La inteligencia espacial, es la que permite ubicarnos en el mapa, encontrar una calle y recordar lugares y trayectos recorridos. Esa inteligencia,… sin duda no es mi fuerte.
Tuvo que pararse un niño, uno que particularmente no había sido el mejor de los alumnos en sus años previos de escolaridad, para ayudarme a encontrar mi casa, luego de decirme “no, maestra, andás por el Cementerio…no ves que esos son los techos de la Lanera?...para encontrar tu casa tenés que buscar algo grande como Comef , que está cerquita …”
La clase festejaba mi cara y mi ignorancia y se venía abajo riéndose.Cuando encontré mi casa, gracias al maestro Milton, empecé a reírme yo también.

Un hermoso episodio. Una cosa linda de esas que no se olvidan, porque tejen alianzas de afecto y complicidad. La risa compartida genera fuertes vínculos grupales, que nos sacan lágrimas, cuando al llegar diciembre termina el año lectivo, termina la escuela y termina la infancia.


3 de noviembre de 2016

Que renuncie... quién?

Los últimos acontecimientos en materia de seguridad ciudadana, generosamente amplificados por la gran prensa, han puesto de manifiesto varias cosas.
La primera es que cada estrato de la sociedad se moviliza solo cuando ve amenazada su propia seguridad o la de sus iguales. Las cacerolas de Carrasco no suenan cuando matan un chiquilín en Marconi o en Casaballe. El mensaje que se lee es claro: “la inseguridad“, es solo “mi” inseguridad, la de mi barrio, la de mi clase social, la de mis pares. La inseguridad en abstracto no importa en sí misma. Pero sí sirve para pedir la renuncia del Ministro, objetivo político largamente acariciado.
La otra cosa que se pone en evidencia es que solo se pide atacar las consecuencias de la delincuencia, pero no sus causas. Por qué delinquen los jóvenes, por qué las cárceles están llenas de presos como nunca en la historia de nuestro país, es algo que no importa demasiado. Sólo importa que los delincuentes no anden sueltos ni cerca de mí.
El endurecimiento de las penas es una solución que no resuelve nada: se viene practicando desde el retorno a la democracia, y en escala progresiva. Sin embargo, los delitos no han disminuido, sino al contrario. Reprimir con violencia es la primer respuesta a la que se echa mano. La historia muestra que es tan inútil como antigua.
Es sabido que todo fenómeno social es multicausal. Indagando entre las múltiples causas de la delincuencia y de los delitos contra la propiedad que cobran vidas, vemos una realidad indiscutible: los países nórdicos cierran sus cárceles, mientras el sur las multiplica.
Son sociedades inclusivas contra sociedades fragmentadas, en las que la marginalidad no ha podido abatirse y la cultura de la clase dominante no logra imponerse a una contracultura de supervivencia.
No es el fracaso de la Policía, sino de las políticas sociales que no han logrado abatir los cantegriles, los asentamientos, las madres adolescentes, la miseria, el trabajo informal y mal remunerado, y la violencia que se reproduce en el interior de las familias y es un código compartido y transmitido de padres a hijos.
No es el fracaso de la Policía sino de una política económica que por más que haya mejorado sus cifras y sepamos que la pobreza bajó de un 29 a un 12 por ciento, no ha logrado eliminarla. Y aunque el Indice de Gini haya mejorado sustancialmente, sabemos que la riqueza se concentra en manos del 12% de la población.
No es el fracaso de la Policía, sino del sistema educativo pensado para todos por igual. La escuela laica, gratuita y obligatoria, la escuela vareliana, no es la que nos iguala, sino la que expulsa del sistema siempre a los mismos. Los repitientes, los rezagados, los desertores son siempre del mismo lugar: el quintil inferior de la población. Las estadísticas muestran que solo el 7 ó el 8% de los niños procedentes de este estrato terminan Secundaria. Mientras que los del quintil superior, lo hacen en un 80%. Autores como Habermas, Althusser y muchos más, representantes de la “Pedagogía Crítica”, han demostrado que la escuela no hace sino ratificar las diferencias de base, si no busca mecanismos de compensación. La propia investigación de Rama en nuestro país, en los años 90’, puso en evidencia que los “mutantes” (niños procedentes de estratos socio- culturales bajos que lograban llegar a un nivel educativo terciario) eran la ínfima minoría. La educación como instrumento de movilidad social ascendente, ha fracasado.
Y así podríamos seguir enumerando factores como la violencia que transversaliza la sociedad a todo nivel, y que está naturalizada por diferentes mecanismos; o la presencia de un número altísimo de armas de fuego per cápita (500 mil para una población de 3 millones), la comercialización (el narco menudeo) y el consumo de pasta base como elemento cultural presente en la subcultura del delito.
Alguien en su sano juicio, puede pensar que todo esto habrá de resolverse solo con la renuncia de Bonomi?


Lo que muestra el cuadro

Esta semana ocurrieron dos hechos de muy distinta gravedad que afectan a tres personajes del escenario político nacional: el accidente de Batlle y el “retrato” de Mujica y Lucía. 
Ambos han causado dos tipos de reacciones en la gente: los que se solidarizan, y los otros.
Con respecto a Batlle he leído muchos comentarios de personas que lo alaban, en esa actitud muy común que nos lleva a buscar lo bueno en una persona enferma, como si por el hecho de estar grave hubiera que recordar todas sus virtudes. Y están los otros: los que aprovechan el momento para pasarle facturas por todos sus errores políticos, por todos los que se suicidaron por su culpa, por los niños que comían pasto, por los Rhom y los Peyrano, y por toda la gente que se fundió cuando la crisis del 2002. 
Una enfermedad que anuncia la proximidad de la muerte es algo que nos iguala: ante ella, todos somos igualmente indefensos, sufrientes y desamparados. Y no importa cuánto de bueno o de malo hayamos hecho. No hacer leña del árbol caído sería lo más digno. Y no dar rienda suelta a tanta maldad que tenemos adentro.
Y en un plano de mucho menor importancia, lo sucedido a Mujica y Lucía muestra lo mismo. Más allá de la polémica entre el arte y la censura y la libertad de expresión y la mar en coche, está una pareja de personas que se siente ridiculizada, ofendida y avergonzada por un cuadro que los muestra desnudos. Nada más. No importa si la libertad de expresión lo avala, no importa si las caricaturas son peores, no importa si Charly Hebdo es mucho más cruel, y si las murgas y sus letras son más o menos ofensivas. Acá lo único que importa es cómo ellos lo sienten y lo viven.
Muchas veces el bullying no afecta a todos por igual: a unos les resbala y a otros los angustia. No hay parámetros objetivos. 
Lo que sí se ve es cuánta gente se divierte y “la goza” con el sufrimiento por el escarnio público, con la burla cruel, la ridiculización de dos personas. Si se tratara de nuestros padres, o de nosotros mismos, no festejaríamos, sin duda.
El cuadro en sí ha servido para mostrar cómo somos los espectadores, cómo reaccionamos, cuánta capacidad de ponernos en el lugar de alguien que la está pasando mal, -aunque sea un adversario político- y cuánta maldad tenemos adentro.
Detrás de cada personaje público, por más defectos que tenga, hay un ser humano, igual a nosotros. Y la burla cruel no nos hace mejores que él, sino al contrario.