23 de febrero de 2017

Mujeres muertas

Febrero de 2017. Ocho feminicidios en lo que va del año.
Ocho mujeres muertas a manos de sus parejas o ex-parejas.
Chediac, Ministro de la Suprema Corte. los denominó “crímenes pasionales” (causando el rechazo frontal de las feministas).
La sociedad se alarma, los colectivos de mujeres se movilizan, y todos nos preguntamos lo mismo: por qué...de dónde surge este fenómeno al que se le ha puesto el nombre de feminicidio.
Cada asesinato tiene una larga historia y un denominador común: violencia machista.
Muchos hombres se alarman y se ofenden, porque se sienten acusados de algo que les es ajeno.
-Yo no soy violento...yo no tengo la culpa...nunca agredí a una mujer...al contrario, varias me ofendieron bastante sin que yo dejara de portarme como un caballero…
El problema no se entiende.  No se trata de que los hombres sean los malos y las mujeres las buenas, no se trata de que las mujeres le declaren la guerra a los hombres...ni siquiera a los más machistas. La guerra que hay que declarar es otra guerra. Es contra las pautas arraigadas y enquistadas en lo profundo de nuestra cultura, y que -sin darnos cuenta- diseñan el comportamiento socialmente aceptado de hombres y mujeres.
Esas pautas  son transmitidas a los niños y niñas por madre y padre, por abuelos, tíos y maestros. No se trata de que papá enseñe conductas  machistas y mamá no. Se trata de que ninguno de los dos, madre y padre, es realmente consciente que está sembrando en los niños las semillas del encargo social que pesa sobre cada uno de nosotros por una cuestión de género.
Cuando permitimos que el varón orine en el árbol y la nena jamás lo haga, estamos poniendo en evidencia cuánta mayor permisividad existe para el hombre que para la mujer, en cuanto al control de sus necesidades físicas. La nena debe aprender a esperar hasta que se encuentre el lugar apropiado; el varoncito tiene licencia para satisfacer su necesidad física aquí y ahora y donde le plazca. Desde muy pequeños reciben mensajes muy claros respecto a las expectativas diferentes que pesan sobre cada uno de ellos. Y a medida que crecen vemos cómo la mesura, la delicadeza, el autocontrol, quedan del lado femenino; mientras que la sociedad es mucho más permisiva con el varón para las malas palabras, los gritos, la violencia física. La sociedad prefiere que el varón sea demasiado grosero, antes que demasiado delicado, pues la delicadeza puede confundirse con femineidad. Es tal el miedo a que el niño “salga gay”, que más vale que sea violento y agresivo, antes que afeminado.
El manejo de la sexualidad de los adolescentes es de signo claramente opuesto: mesura, reparo, y represión para las chicas, y liberación y exacerbación para los varones.
Lo mismo sucede con el control y el manejo de las frustraciones. Al varón se le exige mucho menos en materia de autocontrol. Y está menos acostumbrado a tolerar frustraciones. Pero además, por aquello de que “los hombres no lloran”, porque es de mariquitas, el dolor se convierte en furia. Y es preferible un hombre furioso, vociferando, convertido en fiera, que un hombre quebrado y llorando “como una nenita”.
A eso se le suma otro encargo social que pesa sobre lo masculino: el poder. El hombre debe dominar, debe ser ganador, debe ser exitoso. Como un encargo ancestral debe ser el guerrero, el valiente, el que nada teme.  Debe ser quien manda en su hogar. Nunca un hombre puede ser “manejado” por nadie y mucho menos por una mujer. Incluso en la celebración del matrimonio civil, el Juez acostumbra a leer un pasaje del Código que establece que el hombre le debe “protección” y la mujer “obediencia”. Es la infantilización de la mujer, que justifica el sometimiento. Es la base del patriarcado
Y el problema comienza cuando las mujeres se rebelan, cuando no se someten, cuando no se dejan manejar, cuando ganan más que el hombre, cuando quieren poner fin a la relación pues ya no están enamoradas… Ese suele ser el desencadenante...el final ya lo conocemos.
La lucha contra el machismo no es una lucha de las mujeres contra los hombres, sino de la sociedad toda, contra una ideología que produce estereotipos de princesas y guerreros, y que cada día cobra nuevas vidas.