14 de noviembre de 2016

La violencia nuestra de cada día

La práctica del deporte grupal ha sido concebida como una escuela de valores. Los niños que lo practican se supone que aprenderán a perder sin enojarse, y a ganar en buena ley sin hacer trampas; aprenderán a reconocer cuando el adversario jugó mejor…(y a felicitarlo!!). Serán capaces de reconocer los propios errores y  trabajar sobre ellos para superarse, y de no jactarse ni “sobrarse” frente al que cayó vencido. También se supone que aprenderán a trabajar en equipo con humildad y sin buscar el lucimiento personal.
Todo esto es acaso lo que vemos en las canchas de fútbol?
Entre este compendio de valores morales que conlleva la práctica del deporte y los carteles que dicen “bolso gallina” o “manya puto los vamos a matar a todos” hay un eslabón perdido, una metamorfosis inexplicable.
Las barras que alientan a los equipos se componen de personas movidas por algo totalmente irracional: el hinchismo. Ser de tal o cual cuadro es una opción temprana que otorga sentido de pertenencia a un grupo, y por ende, confiere seguridad al individuo. Esa pertenencia tiene que ver con la propia identidad, y es muy difícil que se cambie a lo largo de la vida. Hay un proceso de identificación muy fuerte entre el individuo y el colectivo elegido.  Muy similar a la pertenencia a una banda, a una pandilla, a una “tribu urbana”.
La  existencia de cada una de las temibles “maras” en Centroamérica  sólo cobra sentido, cuando existen otras con las cuales rivalizar. Es la rivalidad lo que les otorga su razón de ser. Viven en una constante guerra a sangre y fuego por la supremacía, por el poder, por el dominio y el control del territorio. Las armas, la droga y el dinero que circulan en su interior,  son factores que se agregan para reforzar el poderío de cada grupo.
Y la violencia está ahí,  latente, siempre pronta a estallar. 
Habría que eliminar el fútbol?  Sin duda que no. 
El fútbol –como la ciencia- no es ni bueno ni malo. Todo depende de cómo se lo viva: si como un deporte con componentes de competencia, o como la pertenencia a un clan cuya razón de ser es destruir al adversario.
La violencia es hija del miedo; y el grupo, el clan, la tribu, otorgan protección y amparo.
El ser humano gusta en llamarse “animal racional”…pero vemos que tiene poco de racional y mucho de afectivo, instintivo y pasional…mucho más de lo que nos gusta reconocer.
Hay muchísimo más de irracional que de racional en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas. En el origen de las divisas nacionales, hacia los años 30 del siglo XIX, fueron bandos nucleados en torno a caudillos enemigos los que dieron origen a los partidos políticos fundacionales. En aquella época también se degollaba, casi sin motivos. La “tierra purpúrea” no fue un mito. Fue parte de nuestros orígenes violentos e irracionales.
José Pedro Varela, pensaba que las temibles y sangrientas “montoneras gauchas” eran  “los males de la ignorancia”, y apostaba a que llevando la educación “como la luz del sol” a todos los rincones del país, se terminaría con ese problema. No fue tan fácil ni tan lineal. 
El analfabetismo fue erradicado casi al cien por ciento, pero la violencia no.
No todos los hombres responsables de las dieciocho mujeres asesinadas en lo que va de 2016  a manos de sus parejas o ex parejas, son analfabetos; los protagonistas de los recientes asesinatos de Santa Lucía, tampoco lo son.
La educación no necesariamente nos hace más razonables y menos violentos. No es un problema de ignorancia. La Guerra del Golfo costó la vida de 500 mil niños –denunciado por Unicef- que murieron a causa de los bombardeos de EEUU e Inglaterra, dos de los países más poderosos y evolucionados del mundo.
Y la carrera armamentista fue el factor que impulsó la investigación en el campo de la Física, responsable del avance exponencial que tuvo esta disciplina  en el Siglo XX.
No es por falta de educación sino por exceso de miedo.El miedo genera conductas primitivas, violentas…cuantos más asesinatos hay, más armas compra la gente para sentirse segura.
La violencia también tiene otro origen: la frustración. El niño pequeño, cuando no recibe lo que espera o quiere, hace un berrinche. La capacidad de ir tolerando frustraciones es un proceso que acompasa a la maduración del individuo, pero a veces la frustración es tanta que no es posible asimilarla, o la maduración emocional, por algún motivo, no ocurre como debiera.
Dice Erich Fromm que el hombre contemporáneo, es “un lactante, eternamente expectante y eternamente frustrado”, pues todo el consumo del mundo no le alcanza para llenar el hueco de la falta de afectos, de vínculos, de relación auténtica con sus iguales, al tiempo que advierte que  la humanidad se salva con el amor y el trabajo creativo, reforzando los vínculos con sus iguales y dedicando su vida a crear, a producir, aplicando sus energías mentales y físicas en tareas placenteras, gratificantes y no monótonas como la del  operario que solo debe echar a andar una cinta transportadora y mirar cómo pasan las botellas o las cajas frente a sus ojos.
“Hagamos el amor y no la guerra”, decían los hippies en los años 60, mientras los hombres de corbata corrían a las oficinas tratando de ganar un ascenso en su trabajo, compitiendo con todos sus iguales por un puesto mejor. La sociedad occidental capitalista es intrínsecamente competitiva e inhumana. El 1% de la población acapara obscenamente, la riqueza del planeta, mientras millones mueren de hambre.
No es casualidad que el himno de todos los movimientos pacifistas,  aquella canción que comienza diciendo “Imagine…all the people…living for today…”, haya sido creada por un ser humano que dedicó su vida sólo  a hacer música, a componer canciones y a crear en libertad.