Diciembre. Calor y despedidas. Fin de cursos y
vacaciones…y las fiestas de fin de año.
Nuestra cultura occidental y cristiana celebra
inexorablemente el nacimiento de Jesús: la Navidad. Cuando el estado se hizo
laico a manos de José Batlle y Ordóñez,
todas las fiestas religiosas cambiaron de nombre. El 25 de diciembre
pasó a ser el “Día de la Familia”
Nuestro paisito, experto en adoptar tradiciones
ajenas, festeja la Navidad adornando un
árbol que no es nuestro: una conífera cualquiera –pino, abeto, alerce- propia
del norte de Canadá, o de la taiga siberiana, al pie dela cual se depositan los
paquetes de regalos que serán abiertos en la noche del 24.
Como tampoco tenemos nieve en ninguna época del año, y menos en
diciembre, le agregamos al pino, nieve artificial. Comemos alimentos típicos
como nueces, almendras y avellanas, que tampoco son nuestros, y que son ideales
para las zonas donde hace mucho frío.
Santa Claus, en nuestras latitudes se llama “Papá Noel”.
Es un anciano que viene vestido como los habitantes de Laponia en un trineo
tirado por renos como lo hacen en esa zona del mundo.
De dónde surge todo eso?
De los inmigrantes europeos, principalmente españoles.
Católicos o no, todos los uruguayos festejamos la
noche del 24 de diciembre, en una celebración que tiene la particularidad de
reunir a todos los miembros de la familia. La necesidad de estar cerca, de
arrimarse a quienes comparten vínculos de sangre es una forma muy nuestra de
celebrar la Nochebuena.
La Navidad es el paraíso de los niños, hecho de
turrón, regalos y alegría.
Desde que se “arma el arbolito” y se escribe la carta,
comienza a alimentarse la ilusión de la muñeca, la bicicleta o la piscina
Hace unos cien años, hacia 1920, una empresa de
refrescos mundialmente conocida, capitalizó todo ese cúmulo de emociones
positivas, para su propaganda. Papá Noel comenzó a ser dibujado para la
empresa, con un rostro adusto y serio.
En 1931, se le encomienda la tarea al dibujante HaddonSundblom. El objetivo era
crear un personaje a medio camino entre lo simbólico y lo real, la
personificación del espíritu navideño y la felicidad del refresco.Desde
entonces, Papá Noel comenzó a mostrarse riéndose con un “ho, ho, ho…” y una
botella de Coca Cola en la mano. Los villancicos nuestros incluyeron en su
repertorio al conocido “Jingle bells” de
origen norteamericano, y a partir de ahí la versión comercial de Papá Noel
desplazó al niño Jesús del rol protagónico.
La Navidad se festeja en todo el mundo con variantes
regionales. La versión nuestra incluye una gran dosis de consumismo en los días
previos, una explosión de pirotecnia hacia la medianoche, la ingesta de alcohol en demasía y –desde
hace algunos años- la concurrencia a locales bailables donde se congregan sobre
todo los adolescentes, después de cenar con sus familias.
La Navidad es el paraíso de los niños…
Y por eso es el paraíso perdido de los adultos. En el
escándalo de los fuegos artificiales,
nos abrazamos con los vecinos, con los amigos, con los conocidos y los
desconocidos…, brindamos en exceso con música estridente de fondo…porque es un
momento muy ambivalente: una noche en la que se soporta todo menos la soledad, y
en la cual las sillas vacías de los seres queridos que se han ido, nos pesan
tremendamente.
“Feliz Navidad!” repetimos como un imperativo.
Tal vez estemos tratando de decir: en esta noche de balance
que nos encuentra un año más viejos y con más canas, no veamos sólo lo que
hemos perdido, y aprendamos que la felicidad no depende de lo que nos pasa por
fuera, no depende de lo que tenemos o lo
que perdemos; la felicidad es solamente una cuestión de actitud: de sonreirle a la
vida a pesar de los pesares, con sus regalos y sus maldades, y que está mucho
más cerca de quien da, que de quien sólo espera recibir.