Esta semana ocurrieron dos hechos de muy distinta
gravedad que afectan a tres personajes del escenario político nacional: el
accidente de Batlle y el “retrato” de Mujica y Lucía.
Ambos han causado dos tipos de reacciones en la gente: los que se solidarizan, y los otros.
Con respecto a Batlle he leído muchos comentarios de personas que lo alaban, en esa actitud muy común que nos lleva a buscar lo bueno en una persona enferma, como si por el hecho de estar grave hubiera que recordar todas sus virtudes. Y están los otros: los que aprovechan el momento para pasarle facturas por todos sus errores políticos, por todos los que se suicidaron por su culpa, por los niños que comían pasto, por los Rhom y los Peyrano, y por toda la gente que se fundió cuando la crisis del 2002.
Una enfermedad que anuncia la proximidad de la muerte es algo que nos iguala: ante ella, todos somos igualmente indefensos, sufrientes y desamparados. Y no importa cuánto de bueno o de malo hayamos hecho. No hacer leña del árbol caído sería lo más digno. Y no dar rienda suelta a tanta maldad que tenemos adentro.
Y en un plano de mucho menor importancia, lo sucedido a Mujica y Lucía muestra lo mismo. Más allá de la polémica entre el arte y la censura y la libertad de expresión y la mar en coche, está una pareja de personas que se siente ridiculizada, ofendida y avergonzada por un cuadro que los muestra desnudos. Nada más. No importa si la libertad de expresión lo avala, no importa si las caricaturas son peores, no importa si Charly Hebdo es mucho más cruel, y si las murgas y sus letras son más o menos ofensivas. Acá lo único que importa es cómo ellos lo sienten y lo viven.
Muchas veces el bullying no afecta a todos por igual: a unos les resbala y a otros los angustia. No hay parámetros objetivos.
Lo que sí se ve es cuánta gente se divierte y “la goza” con el sufrimiento por el escarnio público, con la burla cruel, la ridiculización de dos personas. Si se tratara de nuestros padres, o de nosotros mismos, no festejaríamos, sin duda.
El cuadro en sí ha servido para mostrar cómo somos los espectadores, cómo reaccionamos, cuánta capacidad de ponernos en el lugar de alguien que la está pasando mal, -aunque sea un adversario político- y cuánta maldad tenemos adentro.
Detrás de cada personaje público, por más defectos que tenga, hay un ser humano, igual a nosotros. Y la burla cruel no nos hace mejores que él, sino al contrario.
Ambos han causado dos tipos de reacciones en la gente: los que se solidarizan, y los otros.
Con respecto a Batlle he leído muchos comentarios de personas que lo alaban, en esa actitud muy común que nos lleva a buscar lo bueno en una persona enferma, como si por el hecho de estar grave hubiera que recordar todas sus virtudes. Y están los otros: los que aprovechan el momento para pasarle facturas por todos sus errores políticos, por todos los que se suicidaron por su culpa, por los niños que comían pasto, por los Rhom y los Peyrano, y por toda la gente que se fundió cuando la crisis del 2002.
Una enfermedad que anuncia la proximidad de la muerte es algo que nos iguala: ante ella, todos somos igualmente indefensos, sufrientes y desamparados. Y no importa cuánto de bueno o de malo hayamos hecho. No hacer leña del árbol caído sería lo más digno. Y no dar rienda suelta a tanta maldad que tenemos adentro.
Y en un plano de mucho menor importancia, lo sucedido a Mujica y Lucía muestra lo mismo. Más allá de la polémica entre el arte y la censura y la libertad de expresión y la mar en coche, está una pareja de personas que se siente ridiculizada, ofendida y avergonzada por un cuadro que los muestra desnudos. Nada más. No importa si la libertad de expresión lo avala, no importa si las caricaturas son peores, no importa si Charly Hebdo es mucho más cruel, y si las murgas y sus letras son más o menos ofensivas. Acá lo único que importa es cómo ellos lo sienten y lo viven.
Muchas veces el bullying no afecta a todos por igual: a unos les resbala y a otros los angustia. No hay parámetros objetivos.
Lo que sí se ve es cuánta gente se divierte y “la goza” con el sufrimiento por el escarnio público, con la burla cruel, la ridiculización de dos personas. Si se tratara de nuestros padres, o de nosotros mismos, no festejaríamos, sin duda.
El cuadro en sí ha servido para mostrar cómo somos los espectadores, cómo reaccionamos, cuánta capacidad de ponernos en el lugar de alguien que la está pasando mal, -aunque sea un adversario político- y cuánta maldad tenemos adentro.
Detrás de cada personaje público, por más defectos que tenga, hay un ser humano, igual a nosotros. Y la burla cruel no nos hace mejores que él, sino al contrario.