La práctica del deporte grupal ha sido concebida como una escuela de
valores. Los niños que lo practican se supone que aprenderán a perder sin
enojarse, y a ganar en buena ley sin hacer trampas; aprenderán a reconocer
cuando el adversario jugó mejor…(y a felicitarlo!!). Serán capaces de reconocer
los propios errores y trabajar sobre ellos para superarse, y de no
jactarse ni “sobrarse” frente al que cayó vencido. También se supone que
aprenderán a trabajar en equipo con humildad y sin buscar el lucimiento
personal.
Todo esto es acaso lo que vemos en las canchas de fútbol?
Entre este compendio de valores morales que conlleva la práctica del
deporte y los carteles que dicen “bolso gallina” o “manya puto los vamos a
matar a todos” hay un eslabón perdido, una metamorfosis
inexplicable.
Las barras que alientan a los equipos se componen de personas movidas
por algo totalmente irracional: el hinchismo. Ser de tal o cual cuadro es una
opción temprana que otorga sentido de pertenencia a un grupo, y por ende,
confiere seguridad al individuo. Esa pertenencia tiene que ver con la propia
identidad, y es muy difícil que se cambie a lo largo de la vida. Hay un proceso
de identificación muy fuerte entre el individuo y el colectivo elegido. Muy
similar a la pertenencia a una banda, a una pandilla, a una “tribu urbana”.
La existencia de cada una de las temibles “maras” en
Centroamérica sólo cobra sentido, cuando existen otras con las
cuales rivalizar. Es la rivalidad lo que les otorga su razón de ser. Viven en
una constante guerra a sangre y fuego por la supremacía, por el poder, por el
dominio y el control del territorio. Las armas, la droga y el dinero que
circulan en su interior, son factores que se agregan para reforzar
el poderío de cada grupo.
Y la violencia está ahí, latente, siempre pronta a estallar.
Habría que eliminar el fútbol? Sin duda que no.
El fútbol –como la ciencia- no es ni bueno ni malo. Todo depende de
cómo se lo viva: si como un deporte con componentes de competencia, o como la
pertenencia a un clan cuya razón de ser es destruir al adversario.
La violencia es hija del miedo; y el grupo, el clan, la tribu, otorgan
protección y amparo.
El ser humano gusta en llamarse “animal racional”…pero vemos que tiene
poco de racional y mucho de afectivo, instintivo y pasional…mucho más de lo que
nos gusta reconocer.
Hay muchísimo más de irracional que de racional en nuestra conducta, en
nuestras opciones cotidianas. En el origen de las divisas nacionales, hacia los
años 30 del siglo XIX, fueron bandos nucleados en torno a caudillos enemigos
los que dieron origen a los partidos políticos fundacionales. En aquella época
también se degollaba, casi sin motivos. La “tierra purpúrea” no fue un mito.
Fue parte de nuestros orígenes violentos e irracionales.
José Pedro Varela, pensaba que las temibles y sangrientas “montoneras
gauchas” eran “los males de la ignorancia”, y apostaba a que
llevando la educación “como la luz del sol” a todos los rincones del país, se
terminaría con ese problema. No fue tan fácil ni tan lineal.
El analfabetismo fue erradicado casi al cien por ciento, pero la
violencia no.
No todos los hombres responsables de las dieciocho mujeres asesinadas
en lo que va de 2016 a manos de sus parejas o ex parejas, son
analfabetos; los protagonistas de los recientes asesinatos de Santa Lucía,
tampoco lo son.
La educación no necesariamente nos hace más razonables y menos
violentos. No es un problema de ignorancia. La Guerra del Golfo costó la vida
de 500 mil niños –denunciado por Unicef- que murieron a causa de los bombardeos
de EEUU e Inglaterra, dos de los países más poderosos y evolucionados del
mundo.
Y la carrera armamentista fue el factor que impulsó la investigación en
el campo de la Física, responsable del avance exponencial que tuvo esta
disciplina en el Siglo XX.
No es por falta de educación sino por exceso de miedo.El miedo genera
conductas primitivas, violentas…cuantos más asesinatos hay, más armas compra la
gente para sentirse segura.
La violencia también tiene otro origen: la frustración. El niño pequeño,
cuando no recibe lo que espera o quiere, hace un berrinche. La capacidad de ir
tolerando frustraciones es un proceso que acompasa a la maduración del
individuo, pero a veces la frustración es tanta que no es posible asimilarla, o
la maduración emocional, por algún motivo, no ocurre como debiera.
Dice Erich Fromm que el hombre contemporáneo, es “un lactante,
eternamente expectante y eternamente frustrado”, pues todo el consumo del mundo
no le alcanza para llenar el hueco de la falta de afectos, de vínculos, de
relación auténtica con sus iguales, al tiempo que advierte que la
humanidad se salva con el amor y el trabajo creativo, reforzando los vínculos
con sus iguales y dedicando su vida a crear, a producir, aplicando sus energías
mentales y físicas en tareas placenteras, gratificantes y no monótonas como la
del operario que solo debe echar a andar una cinta transportadora y
mirar cómo pasan las botellas o las cajas frente a sus ojos.
“Hagamos el amor y no la guerra”, decían los hippies en los años 60, mientras
los hombres de corbata corrían a las oficinas tratando de ganar un ascenso en
su trabajo, compitiendo con todos sus iguales por un puesto mejor. La sociedad
occidental capitalista es intrínsecamente competitiva e inhumana. El 1% de la
población acapara obscenamente, la riqueza del planeta, mientras millones
mueren de hambre.
No es casualidad que el himno de todos los movimientos pacifistas, aquella
canción que comienza diciendo “Imagine…all the people…living for today…”, haya
sido creada por un ser humano que dedicó su vida sólo a hacer
música, a componer canciones y a crear en libertad.