Es una frase de esta posmodernidad tercermundista, que se sigue
repitiendo como una letanía pesimista y que ya, hasta se ha devaluado por el
abuso:
“Se han perdido los valores”.
Como si lo mejor de nuestras tradiciones, de nuestro patrimonio
cultural e ideológico estuviera en riesgo de desaparecer.
“Se han perdido los valores”
¿Qué valores?
¿Cuáles son esos valores que están en riesgo y que debemos preservar?
Vienen a nuestra mente palabras como: democracia, respeto por la
opinión ajena, tolerancia por las diferencias, solidaridad, compañerismo,
cooperación,… y muchas otros más.
El respeto por el prójimo es considerado –sin duda- un valor en nuestra
cultura.
Pero… ¿hablamos de respeto a los demás seres humanos en tanto seres
humanos?
¿Hasta dónde somos capaces de tolerar las diferencias raciales,
culturales y de todo tipo?
Dice Rafael Bisquerra en su libro sobre investigación educativa, que la
palabra “etnografía” proviene del griego “etnoy”, cuyo significado es: “los
otros”. Dicha disciplina –la etnografía-surge cuando los “otros” -los
marginados, los “sin voz”, los analfabetos, sirvientes y personajes del
sub-mundo- comienzan a cobrar un lugar en la literatura como protagonistas de
novelas y obras musicales. “El Barbero de Sevilla” estrenada en los albores del
Siglo XX, se señala como un hito significativo en este sentido.
Tal vez haya sido el resultado de que empezaron a ser vistos como seres
humanos, tan humanos como los pertenecientes a la cultura dominante.
Posteriormente, la Antropología Cultural comienza a dirigir su mirada y sus
investigaciones sobre las comunidades no occidentales, pequeños grupos tribales
de las islas del Pacífico y del continente africano.
“Los otros” comienzan a tener un lugar en el imaginario colectivo.
Cuando hablamos de que se han perdido los valores, generalmente,
tenemos in mente la idea de respeto. De un respeto hacia los mayores, hacia los
padres, hacia los gobernantes, la Patria y la bandera. Un respeto unilateral,
vertical y ascendente.
Cabe preguntarse: respeto o miedo?
Este respeto tiene como contracara la noción de poder y de violencia
ejercida como algo natural, en sentido contrario: desde arriba hacia abajo. El
Jefe le grita al empleado y este a sus hijos.
Y eso –afortunadamente- es lo que está en crisis.
Quizá el primer paso sea descentrar la noción de respeto tradicional,
vertical y ascendente, según la cual el niño debe respetar a sus mayores y
estos a sus jefes y superiores jerárquicos. Este respeto deberá ser reemplazado
por otro que se verifique en una dimensión horizontal, y que se extienda a
todos, porque todos nos lo merecemos en tanto seres humanos
Pero para eso será necesario que el niño perciba que sus padres realmente
respetan tanto al Director de la Escuela como a la persona que la limpia, que
cada niño sienta que él es respetado tanto como lo es su padre…
Sólo así estaremos empezando a educar en valores, ofreciendo a los
niños una perspectiva diferente o una opción alternativa al abuso que muchas
veces sufre en carne propia solo por ser “chico”.
También se dice que la familia está en crisis. Cosa que es cierta. Es
la familia tradicional, la familia Simpson la que está en crisis: con madre y
padre conviviendo a pesar de sus profundas diferencias. La familia Simpson
evidencia la permisividad que tiene la sociedad con una figura masculina cuasi
infantil, irresponsable, que bebe cerveza todo el día mientras la madre es
quien desempeña todos los roles, incluso el de un padre ausente como referente
ético para sus hijos.
No es más que una caricatura muy exagerada de la realidad. No todos los
padres de ayer fueron Homero, sin duda alguna. La familia en crisis es la de la
mujer-madre que trabajaba sin remuneración y sin horario, haciendo las tareas
que nadie quiere hacer, (limpiar lo que todos ensucian, ordenar lo que todos
desordenan), y la del hombre-padre que trabajaba y proporcionaba el sustento a
la familia, lo cual le otorgaba autoridad y ciertos derechos que la mujer no
tenía.
Los valores se internalizan a edad temprana, pues subyacen a las pautas
de relacionamiento entre los integrantes de un grupo. Son el sustento del
vínculo.
Y el niño será lo que haya vivido: solo quien fue respetado podrá
respetar a los demás.
La educación en valores, solo puede realizarse si invertimos los
términos de la ecuación: educar en valores no es exigir respeto sino darlo.
¿Por qué debemos ser tolerantes o solidarios?
Simplemente porque nos gusta que los demás sean tolerantes y respetuosos
con nosotros.
Y –aún sin saberlo- el niño aprenderá aquella vieja fórmula kantiana
que nos obliga a plantearnos “¿qué pasaría si todos hicieran lo mismo que yo?”
Si yo miento deberé esperar que me mientan, si yo robo deberé esperar que hagan
lo mismo conmigo; por lo tanto, porque no queremos que abusen de nosotros,
porque no queremos que nos maltraten, deberemos darle a los demás el trato que
queremos recibir.