Nuestra escuela vareliana, gratuita y laica constituyó
uno de los pilares de la Suiza de América, y fue –sin duda- un orgullo nacional
y un signo identitario de nuestra nacionalidad, tanto como Gardel, el mate, o las glorias del 50.
Desde hace unos años su prestigio ha desaparecido, al punto que es común la frase “no lo mando a
un colegio porque no puedo, pero si pudiera…”
Cuánto hay de real y cuánto de mito en este derrumbe
del status de la educación pública?
El mito de que lo privado es mejor que lo público, ha
contribuido en gran medida a generar esta mirada, junto a la falta de recursos –mal endémico- para la educación, el estado de deterioro
edilicio y la explosión de matrícula en Secundaria que ha superpoblado los
liceos, llevando a las aulas a alumnos de contextos desfavorables, cosa que
antes no era común.
Creemos que la calidad de la educación está
indisolublemente unida a la calidad humana, a la capacidad y a la formación
profesional de los docentes.
Y los docentes que trabajan en uno y otro sistema, son
los mismos…y los programas son los mismos. Lo mismo sucede con el material para
acceso a la información: libros, internet, videos, etc., no son patrimonio de
escuelas ni de colegios…
El sistema privado tiene a su favor grupos reducidos,
confort edilicio (calefacción, iluminación, buenos baños) y recursos
audiovisuales en profusión (pizarra electrónica, cañón para proyectar la
pantalla de la computadora en gran tamaño, etc.)
Pero lo que le otorga superioridad en logros al sistema
privado, es la selección del alumnado. En general, a los colegios concurren
niños y adolescentes pertenecientes al quintil superior de la población en lo
que respecta a nivel socio económico. Esto está ligado a hogares que pertenecen
al estrato socio—académico superior. Estos niños, hijos de padres con buen
nivel educativo, poseen un capital cultural que los pone en superioridad de
condiciones: son niños que viajan con sus padres, que hablan con los adultos,
reciben información en sus hogares, y fundamentalmente, que poseen y practican
un código lingüístico amplio que les permite entender cualquier explicación
dada por los docentes o por la web.
Basile Bernstein es un autor que ha puesto la lupa
sobre el lenguaje del hogar, como factor explicativo del fracaso escolar en los
estratos socio culturales más bajos. Niños que manejan un código restringido,
apto solo para nombrar a las cosas concretas y familiares de su entorno
inmediato, no pueden competir con niños que manejan un código extenso, con
conceptos abstractos como los que se emplean en la transmisión del conocimiento
escolar.
Pero hay otro factor que lleva a los padres a preferir
el colegio y no la escuela o el liceo, para sus hijos. Y ese factor es la
selección de las amistades. El temor a que sus hijos se vinculen con
chiquilines provenientes de asentamientos o barrios de contexto crítico, que
pueden tener otras costumbres, lleva a que la educación reedite y refuerce la
separación de estratos y clases sociales que se da en la sociedad, lejos de operar
como factor homogeneizante.
Si queremos que la escuela pública compense las
diferencias de base, debemos potenciarla y no negarle recursos. El Estado favorece a la educación privada, desde
el momento que la exonera del pago de todos los impuestos, razón por la cual se ha multiplicado la aparición de
colegios laicos y religiosos en todo el país. Y un colegio no es más que una
empresa privada, que se rige por la lógica de cualquier empresa: lo primero, lo
fundamental, es ganar dinero. Ninguna empresa existe sino es para incrementar
su capital. Lucrar.
En este caso: lucrar con la educación de nuestros
hijos.