Arranca mayo con el recuerdo otra vez, de los mártires
de Chicago. La lucha obrera por lograr condiciones más humanas de trabajo… las
muchachas de la fábrica textil que murieron encerradas en el edificio en llamas… los seis trabajadores condenados a la horca…
Siempre que miramos para atrás, vemos cómo en otras
épocas costó vidas humanas lograr conquistas que hoy nos parecen obvias. La
jornada de ocho horas es un ejemplo de eso. Y evidentemente, todo confirma la
afirmación de Fromm de que la Historia es una gran marcha hacia la Justica… llena
de tropiezos, altibajos, y muchísimo sacrificio.
20 de mayo otra vez.
Volvimos a marchar con una vela y una flor por los
desaparecidos.
Día triste en el que los uruguayos vestimos de luto y sentimos
vergüenza.
Vergüenza porque no hemos sido capaces de hacernos
cargo, -y por el contrario, seguimos ocultando- que en nuestro paisito se
cometieron delitos tremendos, inadmisibles, que nos llenaron de dolor y espanto.
No fuimos capaces de aceptar la idea de niños robados
al nacer, de mujeres atadas y violadas, de hombres apaleados y torturados hasta
morir.
Y lo quisimos tapar con un manto de silencio, de olvido, de “nunca
más”.
Pero la necesidad de Verdad y Justicia se hizo cada
vez mayor.
Y así la herida no cerró nunca… los desaparecidos
vuelven cada año convertidos en miles y miles. Viven en nosotros y hoy somos
legión.
Nuestra conciencia ya no nos permite mirar a la cara de
viejitas como Luisa, que siguen buscando a sus hijos, a sus hermanos, a sus
nietos, y a las que se les niega el
derecho a abrazar ese manojo de huesos sobre el cual llorar y poner una flor.
Los crímenes impunes mantienen el recelo, la
desconfianza y la grieta abierta en la
sociedad.
“Nuestros desaparecidos, simbolizan los miles
de presos y torturados que hubo en este país; militantes políticos,
sindicales, estudiantiles, forman parte de los miles de destituidos y
exiliados; parte de las listas negras que no conseguían trabajo o de estudiantes
que fueron expulsados. No olvidemos que en nuestra lista de desaparecidos hay
adultos, pero también niños y adolescentes, ya que los crímenes cometidos por
el Estado dictatorial no tuvieron freno, ni barreras éticas, y abusaron de la
vida de todos los uruguayos”. (Familiares, 2017).
Tiempo atrás apareció el cuerpo de Julio Castro. Era
un maestro. Jamás empuñó arma alguna que no fuera un lápiz o una tiza. Junto al
cadáver estaban sus zapatos. Como un símbolo, una invitación para seguir sus pasos, para caminar su lucha de
sembrar conciencia.
Por eso, como dice la canción de Benedetti :
Cantamos
porque el cruel no tiene nombre
Y en cambio tiene nombre su destino
Y en cambio tiene nombre su destino
Cantamos
porque llueve sobre el surco
Y somos militantes de la vida
Y somos militantes de la vida
Cantamos
porque los sobrevivientes
Y nuestros muertos quieren que cantemos …