3 de noviembre de 2016

Que renuncie... quién?

Los últimos acontecimientos en materia de seguridad ciudadana, generosamente amplificados por la gran prensa, han puesto de manifiesto varias cosas.
La primera es que cada estrato de la sociedad se moviliza solo cuando ve amenazada su propia seguridad o la de sus iguales. Las cacerolas de Carrasco no suenan cuando matan un chiquilín en Marconi o en Casaballe. El mensaje que se lee es claro: “la inseguridad“, es solo “mi” inseguridad, la de mi barrio, la de mi clase social, la de mis pares. La inseguridad en abstracto no importa en sí misma. Pero sí sirve para pedir la renuncia del Ministro, objetivo político largamente acariciado.
La otra cosa que se pone en evidencia es que solo se pide atacar las consecuencias de la delincuencia, pero no sus causas. Por qué delinquen los jóvenes, por qué las cárceles están llenas de presos como nunca en la historia de nuestro país, es algo que no importa demasiado. Sólo importa que los delincuentes no anden sueltos ni cerca de mí.
El endurecimiento de las penas es una solución que no resuelve nada: se viene practicando desde el retorno a la democracia, y en escala progresiva. Sin embargo, los delitos no han disminuido, sino al contrario. Reprimir con violencia es la primer respuesta a la que se echa mano. La historia muestra que es tan inútil como antigua.
Es sabido que todo fenómeno social es multicausal. Indagando entre las múltiples causas de la delincuencia y de los delitos contra la propiedad que cobran vidas, vemos una realidad indiscutible: los países nórdicos cierran sus cárceles, mientras el sur las multiplica.
Son sociedades inclusivas contra sociedades fragmentadas, en las que la marginalidad no ha podido abatirse y la cultura de la clase dominante no logra imponerse a una contracultura de supervivencia.
No es el fracaso de la Policía, sino de las políticas sociales que no han logrado abatir los cantegriles, los asentamientos, las madres adolescentes, la miseria, el trabajo informal y mal remunerado, y la violencia que se reproduce en el interior de las familias y es un código compartido y transmitido de padres a hijos.
No es el fracaso de la Policía sino de una política económica que por más que haya mejorado sus cifras y sepamos que la pobreza bajó de un 29 a un 12 por ciento, no ha logrado eliminarla. Y aunque el Indice de Gini haya mejorado sustancialmente, sabemos que la riqueza se concentra en manos del 12% de la población.
No es el fracaso de la Policía, sino del sistema educativo pensado para todos por igual. La escuela laica, gratuita y obligatoria, la escuela vareliana, no es la que nos iguala, sino la que expulsa del sistema siempre a los mismos. Los repitientes, los rezagados, los desertores son siempre del mismo lugar: el quintil inferior de la población. Las estadísticas muestran que solo el 7 ó el 8% de los niños procedentes de este estrato terminan Secundaria. Mientras que los del quintil superior, lo hacen en un 80%. Autores como Habermas, Althusser y muchos más, representantes de la “Pedagogía Crítica”, han demostrado que la escuela no hace sino ratificar las diferencias de base, si no busca mecanismos de compensación. La propia investigación de Rama en nuestro país, en los años 90’, puso en evidencia que los “mutantes” (niños procedentes de estratos socio- culturales bajos que lograban llegar a un nivel educativo terciario) eran la ínfima minoría. La educación como instrumento de movilidad social ascendente, ha fracasado.
Y así podríamos seguir enumerando factores como la violencia que transversaliza la sociedad a todo nivel, y que está naturalizada por diferentes mecanismos; o la presencia de un número altísimo de armas de fuego per cápita (500 mil para una población de 3 millones), la comercialización (el narco menudeo) y el consumo de pasta base como elemento cultural presente en la subcultura del delito.
Alguien en su sano juicio, puede pensar que todo esto habrá de resolverse solo con la renuncia de Bonomi?


Lo que muestra el cuadro

Esta semana ocurrieron dos hechos de muy distinta gravedad que afectan a tres personajes del escenario político nacional: el accidente de Batlle y el “retrato” de Mujica y Lucía. 
Ambos han causado dos tipos de reacciones en la gente: los que se solidarizan, y los otros.
Con respecto a Batlle he leído muchos comentarios de personas que lo alaban, en esa actitud muy común que nos lleva a buscar lo bueno en una persona enferma, como si por el hecho de estar grave hubiera que recordar todas sus virtudes. Y están los otros: los que aprovechan el momento para pasarle facturas por todos sus errores políticos, por todos los que se suicidaron por su culpa, por los niños que comían pasto, por los Rhom y los Peyrano, y por toda la gente que se fundió cuando la crisis del 2002. 
Una enfermedad que anuncia la proximidad de la muerte es algo que nos iguala: ante ella, todos somos igualmente indefensos, sufrientes y desamparados. Y no importa cuánto de bueno o de malo hayamos hecho. No hacer leña del árbol caído sería lo más digno. Y no dar rienda suelta a tanta maldad que tenemos adentro.
Y en un plano de mucho menor importancia, lo sucedido a Mujica y Lucía muestra lo mismo. Más allá de la polémica entre el arte y la censura y la libertad de expresión y la mar en coche, está una pareja de personas que se siente ridiculizada, ofendida y avergonzada por un cuadro que los muestra desnudos. Nada más. No importa si la libertad de expresión lo avala, no importa si las caricaturas son peores, no importa si Charly Hebdo es mucho más cruel, y si las murgas y sus letras son más o menos ofensivas. Acá lo único que importa es cómo ellos lo sienten y lo viven.
Muchas veces el bullying no afecta a todos por igual: a unos les resbala y a otros los angustia. No hay parámetros objetivos. 
Lo que sí se ve es cuánta gente se divierte y “la goza” con el sufrimiento por el escarnio público, con la burla cruel, la ridiculización de dos personas. Si se tratara de nuestros padres, o de nosotros mismos, no festejaríamos, sin duda.
El cuadro en sí ha servido para mostrar cómo somos los espectadores, cómo reaccionamos, cuánta capacidad de ponernos en el lugar de alguien que la está pasando mal, -aunque sea un adversario político- y cuánta maldad tenemos adentro.
Detrás de cada personaje público, por más defectos que tenga, hay un ser humano, igual a nosotros. Y la burla cruel no nos hace mejores que él, sino al contrario.