15 de marzo de 2017

Escuela o colegio?

Nuestra escuela vareliana, gratuita y laica constituyó uno de los pilares de la Suiza de América, y fue –sin duda- un orgullo nacional y un signo identitario de nuestra nacionalidad, tanto como Gardel, el mate, o las glorias del 50.
Desde hace unos años su prestigio ha desaparecido, al punto que es común la frase “no lo mando a un colegio porque no puedo, pero si pudiera…”
Cuánto hay de real y cuánto de mito en este derrumbe del status de la educación pública?
El mito de que lo privado es mejor que lo público, ha contribuido en gran medida a generar esta mirada, junto a la falta de recursos –mal endémico- para la educación, el estado de deterioro edilicio y la explosión de matrícula en Secundaria que ha superpoblado los liceos, llevando a las aulas a alumnos de contextos desfavorables, cosa que antes no era común.
Creemos que la calidad de la educación está indisolublemente unida a la calidad humana, a la capacidad y a la formación profesional de los docentes.
Y los docentes que trabajan en uno y otro sistema, son los mismos…y los programas son los mismos. Lo mismo sucede con el material para acceso a la información: libros, internet, videos, etc., no son patrimonio de escuelas ni de colegios…

El sistema privado tiene a su favor grupos reducidos, confort edilicio (calefacción, iluminación, buenos baños) y recursos audiovisuales en profusión (pizarra electrónica, cañón para proyectar la pantalla de la computadora en gran tamaño, etc.)
Pero lo que le otorga superioridad en logros al sistema privado, es la selección del alumnado. En general, a los colegios concurren niños y adolescentes pertenecientes al quintil superior de la población en lo que respecta a nivel socio económico. Esto está ligado a hogares que pertenecen al estrato socio—académico superior. Estos niños, hijos de padres con buen nivel educativo, poseen un capital cultural que los pone en superioridad de condiciones: son niños que viajan con sus padres, que hablan con los adultos, reciben información en sus hogares, y fundamentalmente, que poseen y practican un código lingüístico amplio que les permite entender cualquier explicación dada por los docentes o por la web.

Basile Bernstein es un autor que ha puesto la lupa sobre el lenguaje del hogar, como factor explicativo del fracaso escolar en los estratos socio culturales más bajos. Niños que manejan un código restringido, apto solo para nombrar a las cosas concretas y familiares de su entorno inmediato, no pueden competir con niños que manejan un código extenso, con conceptos abstractos como los que se emplean en la transmisión del conocimiento escolar.
Pero hay otro factor que lleva a los padres a preferir el colegio y no la escuela o el liceo, para sus hijos. Y ese factor es la selección de las amistades. El temor a que sus hijos se vinculen con chiquilines provenientes de asentamientos o barrios de contexto crítico, que pueden tener otras costumbres, lleva a que la educación reedite y refuerce la separación de estratos y clases sociales que se da en la sociedad, lejos de operar como factor homogeneizante.

Si queremos que la escuela pública compense las diferencias de base, debemos potenciarla y no negarle recursos. El Estado favorece a la educación privada, desde el momento que la exonera del pago de todos los impuestos, razón por la cual se ha multiplicado la aparición de colegios laicos y religiosos en todo el país. Y un colegio no es más que una empresa privada, que se rige por la lógica de cualquier empresa: lo primero, lo fundamental, es ganar dinero. Ninguna empresa existe sino es para incrementar su capital. Lucrar.
En este caso: lucrar con la educación de nuestros hijos.